Pequeñas heridas en la mirada
- Nekane Garcia
- 11 jun 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 12 jun 2025
Hace poco tuve una visita al oftalmólogo. Revisión anual para miopes muy miopes. Llegué con la calma de la que se va a desayunar un croissant justo después y ya está buscando la cafetería perfecta para su hazaña.
Mientras la doctora me abría el ojo con sus manos y yo me sentía la protagonista de Un perro andaluz, supe que algo no iba bien. Se paró demasiado en el derecho. A ver, otra vez... mira hacia aquí -señalando a mi izquierda.
Un agujero en la retina. Agujerito dijeron primero. Bastante grande en urgencias, después. Nombre científico: desgarro retiniano.
Un agujero. En el ojo. Me quedé helada. (Spoiler: la historia termina bien). Al principio, me asustó la posibilidad de la ceguera, el mayor de mis miedos. Y enseguida el pensamiento se volvió mágico-terrorífico y pasé a temer que, por ese agujero, se empezaran a escapar todas las cosas que había visto.

Empezarían a despegarse de mí toda la luz, los colores y las formas. Todos los recuerdos. Todas las cosas bellas, las irrepetibles. Los cuerpos de los que me despedí y que ya no veré más; sus gestos y sus arrugas y sus maneras de caminar. Las ciudades lejanas a las que no volveré; sus callejones y sus plazas y su aspecto de noche. Los atardeceres perfectos, imposibles de re-dibujar; esas combinaciones locas de rojos-naranjas-rosas-azules. Sería tan triste.
Una partecita de mí, sin embargo, no pudo evitar pensar que, quizás, no habría lugar para la nostalgia en un cuerpo tan vacío de todos esos recuerdos de lo que alguna vez vi.
Y de repente, sentí un alivio al imaginar ese agujero extraño, ese vaciarse de todo y empezar otra vez. Desde lo oscuro, desde la nada, desde el caos. ¿No es acaso así como comienza todo?
Ese mismo día, un láser verde me cosió la retina.
Sigo teniendo todo atesorado, bien guardado en la mirada y en los hilos que la conectan con la memoria, tan terrible como maravillosa.



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