La que avanza
- Nekane Garcia
- 9 jun 2025
- 3 Min. de lectura
Empezaré hablando del salón de la casa en la que crecí. Desde que tengo memoria, siempre estuvo presidido por un cuadro. Más bien, por el puzzle de un cuadro. Recuerdo pensar que era una imagen bonita, un tanto extraña, pero tardé años en oír por primera vez el nombre de su autor: Pablo Picasso. El siguiente descubrimiento fue que se trataba del retrato de una de sus parejas, una de sus musas. Y no fue hasta hace un par de años que supe que aquella mujer de uñas rojas como cuchillos se trataba de Dora Maar.

Su nombre completo era Henriette Theodora Markovitch (1907), y tras el injusto título de musa se hallaba una de las fotógrafas surrealistas más relevantes del siglo XX. Me impactó descubrir que aquella mujer había estado presente en mi salón durante años, sin que yo supiera de su importancia histórica en la fotografía, una pasión que, junto con el cuadro, también habitaba mi casa.
Aunque a primera vista pueda parecer que su relación con Pablo Picasso eclipsó todo su camino como artista, ya antes de conocerle había recorrido un importante trayecto como creadora. Comenzó realizando fotografía urbana, publicitaria y de moda, y más adelante se integró en el movimiento surrealista, experimentando con diferentes técnicas como las dobles exposiciones. Fue también quien documentó fotográficamente el proceso de creación del Guernica. A pesar de su trayectoria propia y de su mirada singular, durante mucho tiempo fue reducida a una figura secundaria en la narrativa dominante centrada en Picasso. Su obra fue minimizada, y su nombre asociado más a su relación con el pintor que a sus méritos como artista. Una sombra injusta que tardó décadas en empezar a disiparse.
Recorro los pasillos virtuales del archivo del Centro Pompidou, que alberga una gran parte de su obra, en busca de sus fotos, tratando de encontrar la imagen perfecta sobre la que escribir aquí. Me encuentro con imágenes inquietantes, que van más allá de la lógica y la razón, en las que la imaginación libre de la autora está claramente presente. La imagen que elijo no es precisamente surrealista, aunque sí guarda una fuerte relación con este movimiento.

La fotografía, tomada por Dora Maar, muestra una acción en la puerta de la Galerie Gradiva, en París. La galería fue inaugurada por André Breton -autor del primer manifiesto surrealista- en 1937. Su propósito era convertirse en un espacio dedicado exclusivamente al arte surrealista: reunir arte, psicoanálisis, deseo y subconsciente en un mismo lugar físico. Una galería “viva” que no solo mostrara obras, sino que también funcionara como punto de encuentro para artistas, escritoras y pensadores afines a la vanguardia.
Lo que más llamó mi atención fue el nombre elegido para la galería: Gradiva. Proviene de una historia publicada en 1902 por Wilhelm Jensen. En ella, un arqueólogo alemán, al estudiar un bajorrelieve clásico, se obsesiona con una mujer que camina y la nombra Gradiva, que significa “la que avanza”. Le imagina toda una vida y, en su delirio, cree verla durante un viaje a Pompeya, confundiéndola con una amiga -real- de la infancia.
Cuando los surrealistas conocieron esta historia -entre otras razones, gracias al análisis que hizo Freud- la figura de Gradiva adquirió un nuevo significado. Para ellos, encarnaba el flujo libre de la imaginación. Era la musa que liberaba los sueños ocultos y los deseos latentes. Sin embargo, este símbolo también puede leerse como el inicio de una transformación: la mujer ya no solo como musa, sino como sujeto activo. Una mujer que avanza, que se mueve, que crea. Un cambio de percepción respecto al papel de la mujer. Los surrealistas comenzarían a valorar cada vez más sus aportaciones, no solo como inspiración, sino como autoras con voz y mirada propias.
Fueron varios los artistas que representaron la figura de Gradiva, siendo Dalí uno de los más insistentes. Sin embargo, yo he elegido una obra de André Masson que representa esta segunda idea: la de la mujer escapando de la figura de mármol, convirtiéndose en carne y hueso, avanzando hacia un nuevo papel en el arte y en la vida.

Pienso entonces en Dora Maar, escapando del cuadro de Picasso de mi salón. Saliendo de la sombra del artista, reclamando su título de fotógrafa, de artista, de creadora. Siendo, también ella, la que avanza.



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